propongo volver a la palabra “animal”,
entendida esta no como ser orgánico que vive, siente y
se mueve por propio impulso, según la definición
expresada en el Diccionario de la Lengua, sino únicamente
como signo lingüístico. Una palabra que tiene siete
letras, diría por mero palpamiento metalingüístico;
la primera de ellas es la “A” ¿Pero de dónde
proviene ese signo que identificamos como “A”? ¿Por
qué se escogió justamente el garabato que semeja
una casita o una escalera de mano vista por el lateral, y no un
círculo con virgulilla, o una raya con tilde, para simbolizar
esa vocal cuyo sonido recuerda un bostezo?
Tendríamos que remontar miles de años, y adentrarnos
en la historia del alfabeto, para de ese modo conocer que la convención
hoy identificada como “A” derivó de enderezar
el signo fenicio <, que ellos llamaban aleph: o sea, vaca.
Así, volviendo a nuestro examen, anotemos entonces que,
de cierta manera, la palabra animal incluye en su construcción
tipológica no una, sino dos vacas --tanto como la palabra
vaca, que asimismo contiene otras dos vacas--, pero estas vacas
no son justamente iguales: y no sólo porque una se refiera
al animal como ser vivo, y otra a cierta letra de la palabra que
lo expresa, sino que también, en este último caso,
una vaca está colocada antes y la otra después;
una lleva acento prosódico y la otra no.
Pero asimismo podemos decir que la palabra vaca contiene cierta
idea originada por un olvidado gramático fenicio, su particular
visión alegórica (yo, que ahora recuerdo una vaca
vista de frente, hubiese identificado la A con V) En fin, ¿no
fue con el dilema de la multiplicidad de significados de un mismo
significante que comenzamos nuestra disquisición? Se me
ocurre pensar que en su cuento El aleph, donde un personaje desde
la indefinición de un punto consigue contemplar la vastedad
del universo, Borges propone adentrarnos en esta suerte de laberinto.
Así, dando otra vez por cerrada la discusión sobre
la llevada y traída caballinidad, nuevamente Plantón
respondería a Antístenes: “Es que no tienes
ojos para verla”. Porque lo subjetivo, en tanto es determinado
por el individuo --pleonasmo usado en razón de que, ciertamente,
objetividad también solemos llamarle a la fortuita coincidencia
de muchas subjetividades--, genera suficiente entropía
como para imposibilitar el funcionamiento del sistema que pretenda
universalizarlo. Recordemos que de alguna manera la mathesis universalis
permite concebir que no haya conocimiento ni ciencia, sino subjetividad,
lugar propio de la inteligibilidad.
Así, la paradoja antes enunciada genera una nueva paradoja
--o una paradoja de base exponencial-- presentada por una parte
en el extravío en que se sumen los significantes, por su
carácter abierto --que como reacción genera una
poética cada vez más particular y por tanto cerrada--;
todo lo cual se opone a la angustiosa necesidad de conseguir una
visión común de las cosas (general y a la vez particular;
abierta y al mismo tiempo cerrada), que a su vez contradice la
mirada unidimensional de las culturas (cerrada y al mismo tiempo
abierta; general en tanto es convención de lo particular).
Amenazo con una dilución en el infinito; de modo que, con
otro ejemplo, tomado este de Las ciudades invisibles, de Italo
Calvino, ilustraré cómo pudiera multiplicarse este
laberinto de Babel:
“…El Gran Khan trataba de ensimismarse en el juego,
pero lo que se le escapaba ahora era el porqué del juego.
El fin de cada partida es una ganancia o una pérdida,
pero ¿de qué? ¿Cuál es la verdadera
apuesta? En el jaque mate, bajo la base del rey destituido por
la mano del vencedor, quedaba la nada: un cuadrado blanco o
negro. A fuerza de descarnar sus conquistas para reducirlas
a la esencia, Kublai había llegado a la operación
extrema: la conquista definitiva, de la cual los multiformes
tesoros del imperio no eran sino apariencias ilusorias, se reducían
a una tesela de madera cepillada.
Entonces Marco Polo habló: --Tu tablero, Majestad, es
una taracea de dos maderas: ébano y arce. La tesela sobre
la cual se fija tu mirada luminosa fue talada en un estrato
de tronco que creció en un año de sequía:
¿ves cómo se disponen las fibras? Aquí
se distingue un nudo apenas insinuado: una yema trató
de despuntar un día de primavera precoz, pero la helada
de la noche la obligó a desistir--. El gran Khan no había
notado hasta entonces que el extranjero supiera expresarse con
tanta fluidez en su lengua, pero no era esto lo que le pasmaba.
--Aquí hay un poro más grande: tal vez fue el
nido de una larva, no de carcoma, porque apenas nacida hubiera
seguido cavando, sino de un brugo que royó las hojas
y fue la causa de que se eligiera el árbol para talarlo…
Este borde lo talló el ebanista con la gubia para que
se adhiriera al cuadrado vecino, más saliente…
La cantidad de cosas que se podían leer en un trocito
de madera liso y vacío abismaba a Kublai; Polo le estaba
hablando ya de los bosques de ébano, de las balsas de
troncos que descienden los ríos, de los atracaderos,
de las mujeres en las ventanas…”
En fin, el ébano, las balsas, los troncos, los atracaderos,
y las ventanas por donde se asoman mujeres, pudieran tener como
elemento común la madera. Pero esta es una madera que,
deconstructivamente, manifiesta cada vez una cualidad distinta,
y en consecuencia propone sentidos diferentes. No ya porque
también es otra la mujer que pudiera evocar Kublai en
relación con la mujer que evocaría un lector cualquiera
--porque otro será el color del río donde se refleja
el bosque de ébanos, y su anchura que modificará
la perspectiva, y hará la visión de las balsas
de troncos más cercana o más lejana, sin descontar,
por ejemplo, el rebrillar del sol en el agua frente al atracadero
que imposibilita mirar en cierta dirección sin ofuscarnos--,
sino que también cada uno de estos objetos tiene en sí
mismo su propio fragmento de madera donde, como cajas chinas,
se puede dar con infinitos mundos. Y ni aun cuando consigamos
convertirnos en Polo o Kublai Kan para mirar desde sus ojos
cierta mujer en la ventana: no su arquetipo, no la visión
platónica, sino una mujer concreta, sonriente o meditabunda,
rubia o de espaldas como la pintó Dalí; tampoco
nunca será igual un Polo enamorado a un Polo iracundo
--o a uno somnoliento, o enfermo, o a aquel que en cierta ocasión
recibió un par de azotes en las posaderas. Ya en Pierre
Menard, autor del Quijote, Borges bendijo otras derivaciones:
un mismo fragmento del Quijote, de acuerdo con los contextos
de un lector posible, expresa un sentido para inicios del siglo
XVII y otro para mediados del siglo XX.
O sea, con la misma mirada alien con que escruta los tiempos
que corren, a lo Umberto Eco, el poeta diría: “Se
puede describir generativamente un texto viéndolo en
sus presuntas características objetivas; y diciendo,
sin embargo, que el esquema generativo que lo explica no pretende
reproducir las intenciones del autor, sino la dinámica
abstracta por la que el lenguaje se coordina en textos según
leyes propias y crea sentidos independientemente de la voluntad
de quien enuncia”.
Pero, veamos, que el malentendido no es lo común en la
comunicación humana, se rebelaría entonces el
lector dejando traslucir un tonillo de sorna y, con la misma
irreverencia del poeta justamente por contradecirlo --vaya lógica
paradójica--, también diría: son los tiempos
que corren. Literalmente corren: enfatizaría la acción,
asistiendo al proceso de ver cómo la humanidad se aboca
a su tercera revolución científico-técnica
--como es sabido: la primera empezó con la máquina
de vapor y la segunda con la electricidad--, porque ahora apuntamos,
gracias a Internet y los avances de la electrónica, a
un mundo de comunicación expedita.
Caramba, que el estremecimiento retórico o metalingüístico
no debe ser más importante que la sugerencia dialógica,
donde yo disiento o ratifico, donde discuto e incorporo, y no
que apenas consiga entender --o generar-- lo que permitan mis
limitados referentes ¿No vamos acaso --¿cuándo
la lengua no ha ido?-- a la descomplejización del signo,
una exactitud en constante expansión? Las perífrasis,
continúa el lector, por lo regular incorporan en su enunciado
buena parte de retórica, mucha mas acústica que
iluminación semántica; suerte de literalidad invertida,
en tanto parten de un significado liso para atraer la mirada
al ornamento estructural. Las palabras simples, en cambio, han
evolucionado lo bastante como para estallar en significados
trascendentes: vida, muerte, luz, amor, esperanza, pasión…
Cada una de ellas, en manos de Polo, pudiera representar algo
semejante a una tesela de madera: múltiples cajas de
Pandora donde se consigue destapar complejos niveles de sugerencia.
Es cierto, continúa el poeta, pero poesía --en
términos contemporáneos-- lleva en sí su
naturaleza y no necesita señalar afuera su identidad.
Es inmanencia y, al decir de Virgilio López Lemus, “no
tendrá otra misión en la vida que la de existir,
ser ella misma y para sí”. Caña al viento
que emite susurros sin tener conciencia de ello. ¿No
es acaso triste el ulular de los cipreses en el camposanto,
semejantes a cúpulas góticas que apuntan al cielo?:
He aquí la primera derivación concreta de mi pensamiento,
mirada que se regocija, al tiempo que se abruma; lo específico
que provoca pensar en lo inconmensurable: pequeñez humana
ante la vastedad del universo (he aquí la abstracción
y el sentimiento derivado de la visión concreta).
En el arte clásico, según hizo notar Barthes en
El grado cero de la escritura, un pensamiento ya formado engendra
una palabra que lo “expresa” o lo traduce”,
pero “en la poesía moderna las palabras generan
una suerte de continuo formal del que emana poco a poco una
densidad intelectual o sentimental, imposible sin ellas”.
De modo que la poesía ya “no es una prosa ornamentada
o amputada de libertades. Es una cualidad irreductible y sin
herencia. Ya no es atributo, es sustancia, y por consiguiente,
puede renunciar a los signos, pues lleva en sí su naturaleza
y no necesita señalar afuera su identidad”. De
esa manera, la poesía conseguiría alcanzar la
aspiración de los filósofos cínicos: bastarse
absolutamente a sí misma. Como Diógenes de Sinope,
el Sócrates loco, la poesía es ciudadana del mundo
y procura librarse de las necesidades que la esclavizan.
Por eso, en la poesía moderna, algunas palabras suelen
ser esquivadas no sólo por cierto cansancio generado
por la tradición --énfasis que hurta libertades
al sentido--, sino porque ellas en sí mismas expresan
pensamientos de reducido espesor semántico: bienes del
placer que en realidad son males del conocimiento. Como dijo
Borges: “En el vertiginoso momento del coito, todos los
hombres son el mismo hombre”. Así, el hecho poético
moderno no debe entenderse como texto escrito por un nuevo Adán
que con circunlocuciones da nombre a las cosas; sino, en todo
caso, el de un Adán posmoderno que a cada instante designa
múltiples identidades con un mismo circunloquio: escrúpulo
ante el signo que se pierde en el signo. Existencia en el texto,
más que existencia del texto.
Tenemos derecho a pedir que la palabra informe, no sólo
ornamentada con una prosodia rumorosa, vehemente de imágenes
y hecha de sorpresas, sino también aportando evidencias
de la historia. Y la poesía lo hace; pero no de la manera
unidimensional a que un lector displicente acostumbra, especie
de fatalismo del conocimiento que solo es patrimonio del emisor,
sino participando dinámicamente en la actualización
de la sustancia dialógica, filtrada por múltiples
interrelaciones a lo largo del tiempo. Diálogo que pasa
por la sucesividad de paradigmas innatos que, según Noam
Chomsky, estructuran generativamente nuestra capacidad lingüística,
y se activan y concretan con la interacción social.
Así, la intención del poema, lo mismo que lo propuesto
por los artistas del ready made, no es que el lector pregunte:
¿qué significa esto?, sino ¿qué
yo significo en todo esto? Recordemos que San Jerónimo
--o Michel Foucault por San Jerónimo-- advierte que el
autor es un momento histórico definido y punto de confluencia
de un cierto número de acontecimientos. De modo que proponer
verdades universales resulta imposible para un autor sometido
a la fatalidad de ciertas convenciones históricas o locales,
que al cabo resultan irónicamente opuestas al carácter
cosmopolita y diacrónico de la posmodernidad.
Pero habría que preguntarse: ¿la verdad existe?
Por lo menos no en la poesía que rige la vida, que no
se funda sobre verdades geométricas --como la verdad
demostrativa de las matemáticas-- sino únicamente
sobre lo verosímil: imperio de lo probable, mimesis del
mito que niega el mito, fatalidad de Tántalo afiebrado
por la sed de conocimientos ante el océano de sabiduría
que resulta esquivo. De algún modo, asistimos así
a un eterno regreso a Sócrates, cuyo espíritu
se afirma lo mismo en la rigidez cartesiana que en la relatividad
posmoderna. Si la suma de lo conocido pudiera representarse
con un cuadrado que llamamos ?, y en consecuencia, fuera de
aquel se encontrase lo desconocido (ya sea el infinito o lo
indefinido), la franja donde se originan las dudas estaría
determinada por la sumatoria de los lados a+b+c+d de ?; es decir,
su perímetro, el cual nos arrojaría un número
X. Pero si nuestro conocimiento aumentara, digamos por ejemplo
al cuádruplo de ?, entonces el perímetro del hipotético
cuadrado que llamaremos ?, sería proporcionalmente mayor,
o sea (2a+2b+2c+2d = 2X), y así, paradójicamente,
con una mayor cantidad de conocimiento, tendríamos también
una mayor cantidad de dudas.
Jacques Derrida llamó différance a este pensar
paradójico, una palabra inventada por él, y que
se refiere a los dos significados simultáneos del verbo
francés differer (lo diferente y lo diferido). Así,
si estoy pensando en un animal cualquiera, inicialmente habría
de descontar las plantas, los minerales, y todo lo que no sea
lo animal. Luego, si digo que ese animal tiene cuatro patas,
entonces elimino los pájaros, los peces, y todos los
animales que no tengan cuatro patas. Y así continúo
hasta averiguar el animal en cuestión. Pero la posibilidad
del significado se difiere (se suspende) ya que todas las palabras
se definen asimismo a través de otras palabras, que a
su vez necesitan definición. Como diría Nietzsche:
“si no me lo preguntan, lo sé; si me lo preguntan,
lo ignoro”.
O sea, sabemos que animal es; pero no porque este tenga un significado,
sino porque hemos eliminado todos los significados (diferidos)
que no es. Así, mientras más se amplía
el grado de conocimientos, en tanto aquellos representan una
mayor cantidad de lo que no es, más difícil resultaría
llegar al concepto de una identidad. Paradoja de una iluminación
que, sin embargo, deja un agujero ininteligible en el corazón
de la palabra; o la visión contraria, según cierto
ángulo desde el cual miró Antonin Artaud: “algo
furtivo que arrebata la palabra encontrada, algo que destruye
el pensamiento, que impide ser lo que podría ser”.
En cualquiera de ambos planos, cierto espacio vital del concepto
deriva en un cuasi impoder, especie de nada conocida, o de todo
en cero, donde al pensamiento le sucede como a José K.,
que mientras más se aproxima al Castillo, más
arduo le resulta su acceso. Un camino donde la verdad es estorbada
por un permanente bache en la información, si es que
podemos definir como bache algo que tampoco sabemos qué
es, y que, en definitiva, puede ser tan liso como el relieve
de la palabra vaca sobre la cuartilla.
Terrible es conjeturar, entonces, otra sutil paradoja: no reconocer
la falta de una información, porque la falta de información
lo impide. Así de angustiado debió sentirse Sócrates
--quizá el primer posmoderno de la historia-- ante la
fatalidad deconstructiva que emana de cualquier pregunta. Ahora
lo intuyo extrañado de sí mismo, en perpleja epojé
ante un vacío colmado de fugaces apariciones: martirio
de la duda (imperturbable posibilidad de “lo que no es”
dentro cualquier razón) Porque obstinada es la esquizofrenia
de un lenguaje que consigue igualar lo disímil en una
misma frase: Amica silentia lunae, según Borges, ahora
significa la luna íntima, silenciosa y luciente, pero
en la Eneida significaba el interludio, la oscuridad que permitió
a los griegos entrar en la ciudadela de Troya. ¿Traviesa
o tarda, la palabra que ignora lo que un día enunció
Avicena: “dos contrarios no pueden pertenecer simultáneamente
a una misma cosa”? Y parecería entonces que lo
esencial del hombre, sin remedio se puede perder para el hombre,
condenado como estaría este a la tartamudez que impide
fluir libremente la estruendosa orgía de su imaginación.
Pero en medio de tal desconcierto siempre resurge la poesía
--caracol nocturno en un rectángulo de agua: comunión
de sentidos expresando complejas emociones que de otra manera
no sabríamos nombrar