Con las revoluciones de 1868 y 1895 se vino
a llenar un vacío en la épica narrativa netamente
cubana. A excepción de Espejo de Paciencia, la Isla no
contaba hasta el momento de las guerras de independencia con un
epos nacional, o sea, con una materialidad discursiva que a través
de hechos históricos concretos, ofreciera a los cubanos
la posibilidad de construir un patrimonio histórico nacional
contrastante con la tradición imperial metropolitana.
Podría decirse que tras las contiendas bélicas
se produce un boom discursivo en torno a la construcción
de una historia cubana de corte épico y que nos ha llegado,
bien a través de la oralidad o mediante los diarios y
memorias de las guerras, o sea, la literatura de campaña.
Dada la heterogeneidad de la composición del movimiento
independentista, los diversos actores sociales que intervinieron
en la contiendas bélicas, imaginaron, interpretaron y
representaron el proceso y a sí mismos de maneras diferentes.
El entramado de imágenes y representaciones de los mambises
-míticas algunas, otras más tangibles-, contribuyen
no sólo a su distinción (como generación
o grupo) sino que marcaron pautas en su accionar como sujetos;
al mismo tiempo introdujeron valores y modelos que definieron
sus conductas individuales y colectivas.
Se nos agolpan disímiles fetiches, voces, símbolos,
mitos y leyendas de la guerra y de los sujetos que la protagonizaron,
destinados a conformar un imaginario colectivo que los legitima
y los hace duraderos en el tiempo. De tal forma fue estructurada
y dibujada una imagen, ¿representativa?, del mambí.
La imagen del mambí es construida y reforzada en momentos
históricos en que se evidencia la frustración
del proyecto nacional y se inserta en los discursos de la nación
una vez concluida la Guerra de los Diez Años y luego
al instaurarse la República, al quedar la Isla bajo la
dominación norteamericana.
Se necesita dotar a la nación de una memoria y una historia
netamente autóctona donde el mambí -el héroe
de la nación- se articula perfectamente. Podría
decirse que el mambí es un producto sociocultural y al
mismo tiempo es un proceso de objetivación de contenidos
conceptuales que devienen imágenes y material discursivo.
Para su análisis no podemos concentrarnos en el producto
tal como nos ha llegado, sino que habría que tener en
cuenta el proceso y las condiciones de su producción.
En la historiografía tradicional cubana ha existido
la tendencia a explicar el proceso histórico a través
de las guerras, revoluciones y batallas. El discurso histórico-político
ha sido un discurso sobre la guerra entendida como relación
social permanente. La Historia en sus dos acepciones, como conocimiento
de una materia y como materia de un conocimiento, no puede ser
inteligible únicamente en su relación con la guerra
y viceversa; la guerra no debe ser explicada ni entendida en
última instancia como el campo de estudio del saber histórico.
Las contiendas militares cubanas han sido abordadas por la
historiografía desde diversas perspectivas. Se han estudiado
y sistematizado los aspectos de orden militar, político,
socio-económico, étnico y socio-clasista; pero
la historiografía cubana no ha producido un texto o trabajo
investigativo a partir de las relaciones de génerico/sexuales
entre los actores y sectores sociales inmersos en esas luchas.
La representación tradicional del mambí se corresponde,
básicamente, con la que ofrece Fermín Valdés
Domínguez. De acuerdo con él, en el mambí
“se reúnen el talento, la hermosura del corazón
honrado, la entereza del patriota y la vehemencia apasionada
del más enamorado y travieso de los cupidos” y
las faltas sólo las disculpan “su valor y, mejor
dicho, su temeridad para la pelea” . Así, el mambí
-protagonista de la subversión, de la ruptura, del cambio
social- es investido de atributos considerados como “masculinos”:
fuerza, valentía, decisión. Este personaje imaginado
responde a ciertos parámetros de estética y moral
dentro de los cánones patriarcales.
Los transgresores de esos patrones estéticos y morales
-que introdujeran elementos discordantes en el grupo- adquirían
categoría de “raros”. La rareza se identificaba,
generalmente, con la asunción de roles y atributos considerados
como femeninos. Así, el Teniente Coronel Bernabé
Boza censura la figura de un capitán mambí que:
“ha hecho la ridícula promesa de no cortarse el
pelo mientras dure la guerra; así es que tiene una manta
de pelos que le cubre las espaldas. Es valiente y muy práctico,
¡pero ese pelo, Jesucristo, ese pelo!” . O sea,
se resaltan las virtudes combativas del capitán; pero
se le censura por transgredir la estética masculina-mambisa.
Es curioso ver cómo cambian los cánones estilísticos
y la moda en tiempos tan cortos. Durante buena parte del siglo
XIX, en los hombres llevar el pelo largo apuntaba a la virilidad;
Céspedes, Agramonte y otros patriotas aparecen retratados
con el pelo relativamente largo, sin embargo ya a fines de siglo
el cabello largo en los hombres se interpreta como una condición
y un atributo propiamente femenino y viceversa, el pelo corto
en las mujeres se considera varonil. Al trastocarse los cánones
de belleza se pone de moda el pelo corto en los hombres, que
se mantendrá hasta los años sesenta del siglo
XX.
Ser “raro” en la manigua insurrecta implicaba ser
criticado, censurado y conducido generalmente al ostracismo
social, implicaba no trascender en la Historia. En 1893 Serafín
Sánchez publica su libro sobre la Guerra de los Diez
Años, Héroes humildes y los poetas de la guerra,
donde se hace la semblanza de un mambí afeminado de nombre
Manuel Rodríguez que tenía por alias La brujita.
En el texto se lee:
(...)en la ciudad donde se crió y vivió, aún
ignoran su mérito; si alguno lo recuerda todavía
es para hablar seguramente de sus rarezas; pero allá
en los montes, en los históricos campos de la Revolución,
á los cuales el mayor número de cubanos no se
atrevió a ir, allá, repito, los compañeros
de armas de Manuel Rodríguez, sabemos que el petimetre
de la ciudad y de la clásica bomba blanca se convirtió
en un león desde el momento que aspiró al ambiente
purificador de los campos de batalla(...) En Sancti Spíritus
no conocieron más qué a La Brujita, el sastre,
al artesano de color, al paria, al condenado de la colonia esclava;
yo ví en la revolución al capitán, al libre,
al bravo, al tigre, al héroe, al hombre. En las ciudades
y pueblos menores de Cuba suele verse de los hombres solamente
el ridículo tocado de afeminada usanza; pero en los campos
unificadores y épicos de la libertad, su corazón
se revela entero y brilla su alma superior y completa. . [Sic].
Serafín Sánchez, uno de los generales más
importantes durante las guerras de independencia, está
escribiendo sobre un individuo que ha sido etiquetado con el
alias La Brujita. Su valor suficientemente probado, lo sitúa
dentro del canon del combatiente, no teme a la censura. En el
texto Sánchez considera el campo insurrecto como un reivindicador
de conductas, al punto que el afeminado se traviste a la inversa
de lo habitual, o sea, el petimetre de la clásica bomba
blanca, se convierte gracias al “ambiente purificador”
de los campos de batalla en león, bravo, tigre, héroe,
hombre y eso lo integra a la épica nacional-liberadora.
En el texto no se excluye a La brujita, se considera parte del
proceso revolucionario, se le integra.
Generalmente, en la construcción de la imagen y el mito
se presentó a los mambises como un grupo social en el
que los valores masculinos sobresalían a todas luces,
y se presentaban como características intrínsecas
e indiscutibles, sin embargo algunas fuentes -aunque pocas-
son reveladoras de variantes sexuales y genéricas extrañas
al arquetípico y estereotipado mambí; pero la
imagen que trasciende en el epos nacional es la del héroe-hombre-heterosexual.
“Nadie puede ir a la guerra y cruzarse de brazos, porque
hace el papel de maricón.” , sentencia Esteban
Montejo. Así queda planteado el modo en que deben comportarse
los varones en la guerra; la masculinidad y las virtudes guerreras
se presentan como valores análogos e indispensables en
la construcción de la imagen del mambí.
En su diario de guerra, escrito años después
de finalizada la guerra del 95, Ricardo Batrell comenta de un
incidente que ocurre en marzo de 1898 en la provincia de Matanzas,
entre él y su jefe en la manigua, el coronel Raimundo
Ortega (a) Sanguily que había sido criado de Julio Sanguily
antes de la guerra.
La situación comenzó cuando el general Pedro
Betancourt quiso impedir que Batrell siguiera con Sanguily para
Vuelta Abajo tomando en cuenta su corta edad de 17 años.
Inmediatamente Sanguily le insistió al general para que
el muchacho lo acompañara, a tanta insistencia le interroga
Betancourt: “(...) tanta confianza tiene usted en ese
niño- a lo que Sanguily contestó-: Tanta General,
que sin él, creo no llevar compañero, aunque vaya
toda la fuerza conmigo” . El general no accedía
y Sanguily le manifiesta: “(...) pues mire usted General,
ese és el alma de mi fuerza (...)” . El general
accedió y los invitó a almorzar, almorzaron y
luego de regreso al campamento Sanguily no quiso aceptar las
dos parejas de soldados que le brindó el general para
que los acompañaran. En el trayecto- dice Batrell- “¡nos
disgustamos para siempre Sanguily y yo!” [Sic] y apunta:
¡Hay cosas que opacan el alma más varonil y enfrían
los corazones; más, cuando se és demasiado joven
como yo lo era en esa época que describo. Cuando se vive
de amor y de ilusiones. Yo ví en el cariño de
mi jefe un padre. Y en su justo reconocimiento el amigo honrado
y leal, y por lo tanto soñaba en mejores días
para mí a un oscuro porvenir, á su lado ayudándolo
en las contiendas de guerra que se me prestaba, como el más
fiel soldado, y como el más cariñoso hijo! Algo
grave, muy grave pasó entre los dos en nuestro trayecto
para nuestro campamento. Pues no le hice fuego cuando cargué
la tercerola prohibiéndole que me siguiera, porque hubiera
tenido que abdicar de mi glorioso ideal de Libertad Patria,
presentándome. Pues nadie iba á creer la causa
que me impulsaran darle muerte si lo hacía. Esto le dije,
y tuvo á bien no seguirme (...) [Sic]
Según Batrell, a los tres días llegó Pedro
Betancourt al campamento y “quiso éste que le explicara
la causa de mi resolución, y me instaba que fuera á
mi puesto. Le contesté, que no podía explicar
la causa ni habían razones que me hicieran permanecer
en el regimiento “Matanzas” á las órdenes
de Sanguily”.
Hasta el momento de este incidente, en el texto de Batrell
no aparece referencia alguna a cuestiones sexuales. Lo sucedido
entre él y su jefe resulta muy ambiguo y me hace sospechar
un tanto de la veracidad del relato. En todo el texto el autor
señala la valentía y las cualidades combativas
del jefe, sin embargo dentro del relato hay una frase casi de
pasada en la que Batrell dice que luego del citado incidente
pasó al Cuartel General como simple soldado.
Lo curioso es que el mismo día de la conversación
con Betancourt, Batrell estaba a las órdenes del Coronel
Fernando Diago y a este si le contó la causa de su resolución
y a él dedicó su libro publicado en 1912. ¿Qué
motivos tendría este hombre para comentar con un desconocido
sobre lo ocurrido?
En este caso, al igual que en muchos otros, ante el historiador
se levanta el dilema entre la voz y el silencio, que en un momento
dado asaltó a los testimoniantes, dilema relacionado
con la imagen pública que ellos querían ofrecer.
La historia de los mambises se construyó a partir de
acciones que devinieron leyendas y que sobredimensionaron la
imagen y percepción de los sujetos participantes en el
fenómeno bélico e impidieron atraparlos en su
justa medida.
El mito social del mambí en el espacio-tiempo en que
fue argumentado y escenificado contribuyó a la configuración
de actitudes de diversa naturaleza, incluso de tipo sexual.
“Ni las palabras tenía para gastarme. Las mujeres
se me daban maduritas. Lo veían a uno con el traje de
libertador y el machete y parece que eso les gustaba .”
Comentaba Esteban Montejo de su llegada a La Habana, una vez
concluida la Guerra de 1895.
El traje de libertador y el machete se presentan como argumentaciones
escenificadas que co-emergen con otros símbolos que estructuran
determinados esquemas mentales y la misma práctica social.
Los símbolos conllevan a percibir la “realidad”
de una forma determinada. Un proceso de cambio histórico
-como fueron las guerras de independencia- tiene significados
no sólo para los sujetos que protagonizaron las contiendas
bélicas, sino que tiene además determinadas significaciones
en el sistema social, en la medida en que crean una visión
compartida. El traje de libertador y el machete, además
de constituir marcos referenciales, son elementos performativos
del cuerpo del héroe de la nación, que es pensado
como valiente, íntegro, sublime, incorruptible y al mismo
tiempo tiene connotaciones lúdicas y eróticas.
Aunque el mambí, por las condiciones mismas de la guerra,
estuvo prácticamente desnudo la mayor parte del tiempo,
la imagen que nos llega de él es casi teatral, montada
para producir determinados efectos psicológicos y con
una estética que difiere sustancialmente del mambí
“real.”
A diferencia del Ejército Español, que era un
ejército regular y subvencionado con grandes sumas de
dinero extraídas fundamentalmente de las arcas de la
Isla, El Ejército Libertador contaba con escasos recursos
bélicos y de primera necesidad (comida, vestuario etc..).
Los mambises dependían para mantenerse en la manigua
de los recursos acopiados por la emigración cubana en
el extranjero y que estos pudieran ser enviados mediante expediciones.
Como se conoce, durante las dos guerras fueron muy pocas las
expediciones que llegaron con insumos para los insurrectos.
En tales condiciones, la sobrevivencia de los mambises estaba
dada por lo que ellos mismos fuesen capaces de conseguir, ya
fuese “forrajeando”, incluso, despojando a los muertos
de sus atuendos. Muchas son las referencias que se hacen respecto
de la desnudez en el campo insurrecto. La camagüeyana Eva
Adán de Rodríguez, en sus Hojas de Recuerdos comenta
de un mambí llamado Paco Recio que allá por el
año de 1865, al lavar y secar el único pantalón
que tenía junto a una hoguera, se echó a dormir
a piernas sueltas y cuando despertó sólo encontró
las cenizas. Desnudo y perturbado, se dirigió a un rancho
en el que una mujer le ofreció lo único que tenía,
una funda de almohada y el desesperado le contestó: “Démela:
me vestiré de INRI”. También hace alusión
a la existencia de una compañía de hombres desnudos,
cuyo jefe solamente vestía una camisa de falda larga
y al acercarse a los ranchos se adelantaba a avisar a los moradores:
“Si hay mujeres que se escondan que ahí viene la
Compañía”. Hacer risibles problemas de la
cotidianidad caracteriza a los cubanos. Así, Antenor
Lezcano parodia una décima de Calderón de la Barca
en la que se lee:
Cuentan de un mambí un día
Tan roto y mísero estaba,
Que a todo el mundo enseñaba
Lo que enseñar no debía.
Habrá otro (entre sí decía)
Más derrotado que yo?
Y cuando el rostro volvió,
Hallo la respuesta, viendo
Que otro mambí iba corriendo
Cual su madre lo parió.
La desnudez y la escasez de recursos no sólo azotaba
a los mambises, también se hizo sentir en la población
civil o “pacíficos”, como los denominaban
los mambises. Ramón Roa en su texto Con la pluma y el
machete hace referencia a un caso durante la Guerra de los Diez
Años en el que un mambí, Lorenzo Jiménez,
al pasar en cierta ocasión por un pequeño poblado
recibió el alto de “una voz de mujer, quien sólo
pudo ver la carita de ángel que asomaba por encima de
un biombo de yaguas, tabique levantado entre la sala y el cuarto
dormitorio”. El mencionado Lorenzo Jiménez le explicó
que había desembarcado del extranjero y que necesitaba
un práctico y descansar un rato, a lo que la mujer contestó:
“Puede usted hablar con el práctico que está
ahí en la estancia de la derecha; pero no puede usted
llegar aquí porque estamos solas.
- Por eso no- respondió Lencho- yo soy un caballero,
estos dos que me acompañan también lo son, además
de patriotas, y sabemos respetar a las cubanas.
- No es por eso, no; es porque no estamos vestidas; se nos
acabó la ropa hace mucho tiempo; por eso los hombres
están en la estancia y vivimos separadamente.”
El día 3 de diciembre de 1897 Máximo Gómez
escribe en su diario: “Carrillo me entregó también
una hermosa tienda que me mandan de París (no sé
quién) la que he tenido que cortar toda para vestir a
muchos hombres buenos que tengo desnudos” . El vestuario
mambí siempre fue escaso. Los insurrectos estuvieron
en un estado de desnudez y miseria durante las guerras En la
manigua se confeccionaban piezas de ropa de saco de yute, cueros
de jutía curtidos. La fibra de algunas plantas como la
guacacoa, vistió a no pocos insurrectos . La situación
era tan crítica al extremo que llegaron a despojar a
los prisioneros españoles de sus uniformes, y los utilizaban
al revés o con muy pocas transformaciones.
Así, el retrato del mambí que nos llega como
un legado histórico especialmente mediante obras artísticas
de diferentes tipos, no se corresponde con la precariedad manigüera.
Hay un marcado interés por parte de los sujetos de la
revolución a la utilización de cierta teatralidad
a la hora escribir y construir la historia de las guerras. O
sea, la historia que se construyó es de un carácter
espectacular y podría decirse que hay en ella algunos
elementos efectistas, tal parece que existió un código
común de narrar los acontecimientos o cierta complicidad,
generadora de visiones compartidas e interpretaciones similares
de los acontecimientos. Por otra parte, los discursos que constituyen
esa historia están encaminados a ofrecer nociones de
verdad, argumentada a través de acciones que son presentadas
como hechos naturales e incuestionables.
Es probable que existiera entre los independentistas, determinados
cánones o modos de escritura sobre la epopeya o en la
forma de ofrecer nociones de verdad, mediatizados seguramente
por posturas ideológicas. El que transgrediera esos parámetros
de escritura y ofreciera una imagen de la manigua o del mambí
desde una perspectiva diferente era censurado.
En 1890 Ramón Roa publica A pie y descalzo, un libro
de alto sentido patriótico, en el que se hace alusión
a las contradicciones existentes entre los cubanos en el campo
insurrecto y se narran las vicisitudes de la manigua durante
la Guerra de los Diez Años, y lo que representa para
un hombre permanecer en un espacio tan agreste y sin recursos
para luchar por la independencia de su patria. Sin embargo,
este texto fue censurado duramente por José Martí
en una carta abierta dirigida a Enrique Collazo, y publicado
por El Porvenir el 20 de enero de 1892. En la carta se lee:
Amargo es el deber de censurar públicamente a quien
desalienta a su pueblo en la hora en que parece que van a serle
muy necesarios los alientos (...) en el divorcio y abandono
que Vd. Y el autor de A pie y descalzo (...) narrando en un
libro sombrío, a las puertas mismas de la guerra inevitable,
todo lo que la pueda hacer temible, con silencio astuto y riguroso
sobre los recursos con que habría de contar, y las causas
que la guerra anterior vino a caer (...)
Es posible que en Martí haya existido cierto rencor
con Collazo y con Roa, pues estos firmaron una carta el 6 de
enero de ese mismo año en la que replicaban los criterios
del discurso de Martí, pronunciado en Tampa el 26 de
noviembre de 1891.
La historia y la imagen del mambí y de la guerra que
Roa ofrece, difiere de la visión mítica que se
quiere ofrecer, pero no es un texto que minimice al héroe,
al contrario, lo dignifica y lo humaniza. Martí impugna
el libro de Roa de una forma realmente agresiva y sentencia:
“(...) me vuelvo a los que nos quieren asustar con el
sacrificio mismo que apetecemos, y les digo ¡mienten!”
O sea, se desestima y censura un texto en el que el autor trata
de describir la “realidad” de los hechos, tal y
como él la percibió.
Existe un interés por parte de Martí por sacralizar
a los mambises, al punto de concebirlos intocables e incuestionables;
en otra parte del texto señala: “¡Y todo
el que sirvió es sagrado! El que puso el pie en la guerra;
el que armó un cubano de su bolsa; el que hizo la Revolución
de buena fe, y le sacrificó su porvenir y su fortuna,
ya lleva un sello sobre el rostro, y un centelleo en los ojos
que ni su misma ignominia le pudiera borrar luego. El que peleó
en la Revolución es un santo para mí, Sr. Collazo.”
El matrimonio en la manigua
Tres elementos parecen ser clave en las relaciones de género
y sexo entre los mambises: orden, moralidad y familia. Respecto
de las costumbres existentes el matrimonio era un elemento medular
para garantizar tales tópicos. En ese sentido se emitió
una ley de matrimonio que aminorara un tanto la laxitud que
la misma guerra imponía. Efectuar el matrimonio por la
vía eclesiástica era imposible, teniendo en cuenta
la constante movilidad que requerían las fuerzas mambisas
para sobrevivir en la manigua, por lo tanto los mambises tuvieron
que recurrir a la alternativa del matrimonio civil, que va a
aparecer por primera vez en la esfera legislativa y judicial
de la isla, auque limitado a los territorios de la República
de Cuba en Armas, es decir, a la manigua y a los poblados dominados
por los insurrectos. Este elemento es importante si tenemos
en cuenta que hasta el momento el matrimonio era exclusivamente
realizado por la Iglesia.
La Ley de Matrimonio Civil sale a la palestra pública
en Cuba luego de haber sido efectuada la Asamblea de Guáimaro
en abril de 1869. Como todas las leyes, esta, en algún
momento fue un proyecto. Luego de haber sido elaborado por la
Cámara de Representantes, el proyecto de ley fue presentado
al Ejecutivo para su aprobación. Como era común
en la práctica política del mambisado, el Ejecutivo
emitió sus juicios y consideraciones al respecto. El
Presidente de la República de Cuba en Armas, entonces
Carlos Manuel de Céspedes, hizo uso de sus facultades
y el 21 de mayo redactaba un documento en el que vetaba el proyecto
de ley elaborado por la Cámara.
El Ejecutivo consideraba que, políticamente, una ley
de matrimonio civil no era acertada en aquellos momentos, teniendo
en cuenta la tradición del dogma evangélico que
estipulaba la indisolubilidad del matrimonio -sustentado por
la Iglesia Católica-, al que estaba acostumbrado el pueblo
de la Isla desde hacía tres siglos, y que transgredir
las normas en ese sentido pudiera desvirtuar a las instituciones
republicanas que se estaban instaurando. Estimaba que una ley
de esa dimensión debía esperar a que la república
se estableciera completamente. Al respecto, Céspedes
argumentaba que:
(...) quedarían expuestos en ese malhadado caso los
enlaces que se contrajeran a una nulidad, cuya expectativa abriría
un campo vasto a la inmoralidad desde los primeros días
de nuestra naciente república. Siendo disoluble el vínculo
de los contrayentes, muchos éstos sólo se propondrían
aprovecharse de la precoz institución para satisfacer
apetitos de incontinencia, oír los estímulos de
interés, y sacrificar a las más sórdidas
pasiones la felicidad de una compañera inocente e inexperta,
y el futuro bienestar de la prole que procreasen dentro del
matrimonio. Porque es una triste y lamentable verdad, acreditada
por la experiencia, que la malicia del hombre abusa de todo
(...)
Entre las cosas que Céspedes objetó a la Ley
de Matrimonio Civil, estaba lo contenido en el primer artículo
de la misma, que sancionaba la edad en que ambos sexos debían
contraer matrimonio. En él se lee: “Pueden contraer
matrimonio los hombres mayores de diez y siete años,
y las mujeres mayores de trece” . El Presidente consideraba
que así se retardaba el período de la pubertad,
según la doctrina cristiana, que en los hombres es a
los catorce años y en las segundas a los doce, y apuntaba
que:
La novedad del proyecto de ley, no tiene a juicio del Ejecutivo
el menor fundamento. El desarrollo y la pubertad están
sujetos a la directa influencia del clima y la idiosincrasia
de los individuos. Así es que en unos se adelanta y en
otros se atrasa. En la tendencia climatológica de este
país, resulta una precocidad más moral que física
para la hábil unión de los dos sexos (...) Pero
la previsión de la ley debe colocarse entre los dos extremos
para fijar la edad en que debe celebrarse el contrato nupcial.
Esto supuesto, El Ejecutivo considera más conveniente
dejar en vigor una legislación casi universal, que tiene
el sello de los siglos respecto a la edad hábil para
el matrimonio. Porque a mayor abundamiento, tener privados a
los que pueden celebrarlo cuando ya son capaces, como lo es
el varón desde lo catorce y la hembra desde los doce,
sería colocar en tortura cruel a los que quieran gozar
de las dulzuras y ventajas que encuentran los deseosos en ese
feliz estado. [sic]
Al parecer, el proyecto de ley que le fue presentado por la
Cámara al Ejecutivo, en su artículo quinto, consentía
y habilitaba la celebración del matrimonio entre personas
que tuvieran un nivel de parentesco en segundo grado, ya fuera
en línea recta o en la colateral. Hacia este artículo
se dirigieron las críticas más fuertes por parte
de Céspedes al documento. Al referirse al mismo, el Presidente
comentaba: “Esto ofrecía en la sociedad el extraño
espectáculo de ver al abuelo marido de su nieta o viceversa,
y a los hermanos convertir los lazos de la fraternidad en los
serios vínculos y obligaciones del matrimonio; novedad
que suscitaría un grave escándalo en los pueblos
de Cuba y en todo el mundo civilizado.”
El matrimonio entre parientes fue algo común entre las
familias de clase alta durante el siglo XIX cubano. Era una
estrategia familiar para que los bienes y capitales quedaran
en familia impidiendo así la fragmentación de
los bienes familiares y el acceso de otras personas. En la familia
Céspedes esta era una tradición bien establecida,
incluso Carlos Manuel de Céspedes se casó con
una prima suya.
Finalmente, el 4 de junio de 1869 ve la luz pública
la primera Ley de Matrimonio Civil en Cuba. Una ley de corte
liberal, con limitaciones propias de su época, pero que
obviaba por completo a la autoridad legitimada por el poder
colonial y que históricamente se había encargado
de estos menesteres, la Iglesia Católica. El contenido
de la ley transgredía los preceptos, normas y valores
tradicionales respecto del matrimonio, pues contemplaba incluso
la disolución del mismo, nunca antes legislado, y ponía
la cuestión marital en manos del Derecho Civil, desechando
así el Derecho Canónico como aparato legal tradicional.
En su artículo primero la ley establecía la edad
en que se podía contraer matrimonio; los hombres mayores
de dieciocho años y las mujeres mayores de catorce. Esta
disposición resulta un tanto ambigua cuando se lee el
artículo cuarto, el cual estipula que: “Siendo
alguno de los contrayentes menor de veinte años, el matrimonio
debe hacerse con noticias del padre, la madre, o el tutor, según
los casos, y si estos se opusieran a la celebración del
matrimonio, el juez del domicilio con conocimiento de los hechos,
decidirá la cuestión.”
Ahora en vez de un clérigo se le otorgaban las facultades
para efectuar matrimonios a la figura del notario. Antes de
contraer nupcias, los interesados debían acudir al notario
de su domicilio, en compañía de dos testigos que
firmarían el contrato con los contratantes y el Notario.
Según esta Ley, impiden el matrimonio, parentesco en
cualquier grado en línea recta. En cuanto a la colateral,
no podrán casarse los hermanos.
Resulta novedosa esta ley en tanto incluye la disolución
de los vínculos conyugales, o sea, el divorcio, nunca
antes contemplado, aunque sólo mediante el mutuo consentimiento.
Las enfermedades crónico-contagiosas, la impotencia,
el adulterio -de la mujer por supuesto-, podían constituir
motivos para la disolución del matrimonio.
O sea, en esa legislación se conciben el matrimonio
y la familia en estrecha interdependencia, en una relación
causal. Resulta interesante la consideración de la impotencia
como un impedimento para el curso “normal” del matrimonio
y por consiguiente de la familia, pues al existir imposibilidad
de reproducción familiar el matrimonio no tendría
en esa concepción, sentido de existencia y por tanto
puede ser disuelto. En cuanto al adulterio, esta ley sólo
sanciona la disolución del matrimonio cuando es efectuado
por la figura femenina, otorgándole al hombre cierta
inmunidad en ese sentido.
Por otra parte, esta Ley otorga a la mujer el derecho de exigir
al marido, que, viviendo ambos separadamente, sostenga las cargas
del matrimonio, siempre y cuando la mujer no cometa adulterio,
pues perdería tal derecho, y en su artículo séptimo
sanciona que una vez disuelto el matrimonio, “tienen los
separados derecho de contraer nuevo enlace; pero la mujer no
podrá hacerlo, sino transcurridos diez meses, para evitar
la confusión de la prole.” Esto es realmente muy
elocuente del papel que se continuaba asignando a la mujer y
creo que no necesita más comentarios.
Ahora bien, veamos en qué condiciones fue pensada y
redactada esta ley. Desde los primeros momentos de su conformación,
el Gobierno comenzó a residir en Camagüey. La falta
de operaciones en ese territorio permitió a La Cámara
de Representantes incurrir en el error de dedicarse con entera
tranquilidad al establecimiento y organización del poder
civil. Se legisló sobre todo y se promulgó la
Ley Electoral, la de Organización Militar y la de Matrimonio
Civil, entre otras. Se redactaron y aprobaron ordenanzas militares;
nombraron gobernadores civiles y sub-gobernadores, prefectos
y subprefectos, administradores generales de Hacienda y Correos,
en fin, se organizaron los servicios como en plena paz. En la
Constitución de Jimaguayú, durante la Guerra del
95, se retoma la ley de matrimonio civil de Guáimaro
y se le nombra Ley Provisional de Matrimonio Civil. Un año
más tarde Santiago García Cañizares propuso
una ley de matrimonio la que fue aprobada.
Ahora, se adelantaba la edad de los contrayentes; podían
casarse los hombres mayores de catorce años y las mujeres
mayores de doce, y estos debían obtener una licencia
para ello. Por otra parte, los prefectos debían colocar
edictos por quince días anunciando la pretensión
para el que tuviese alguna información que impidiera
el matrimonio lo denunciase.
Se estipuló que una mujer viuda, durante los trescientos
días más uno siguientes de la muerte de su marido
y antes de su alumbramiento si hubiere quedado encinta no podría
contraer matrimonio con otro hombre.
También constituía un impedimento para el matrimonio,
los vínculos de parentesco consanguíneo, ya fuese
ascendente o descendente, legítima o natural. Además
del parentesco por vía colateral consanguínea
hasta segundo grado. Tampoco podían contraer matrimonio
los adúlteros que fuesen condenados por sentencia.
Al igual que la ley de 1869, esta contemplaba en su artículo
quinto la imposibilidad de establecer el vínculo para
“los que tengan impotencia absoluta o relativa para la
procreación con anterioridad a la celebración
del matrimonio, de una manera patente perpetua e incurable;
los que padecen de enfermedades crónico contagiosa, o
locura, [y agregaba], Los que se hallen casados.” Esta
legislación, al igual que la de Guáimaro, contempla
la disolución de los vínculos conyugales, ya sea
por la muerte o por divorcio. El artículo treinta y uno
dice en ese sentido. “El divorcio es por mutuo disentimiento,
enfermedad crónico contagiosa, impotencia o locura.”
Como toda legislación decimonónica, esta sancionaba
únicamente el adulterio en la mujer y el adulterio del
marido sólo cuando resulte con escándalo público
en menosprecio de la mujer. Los malos tratamientos y los insultos
graves, la propuesta del marido de prostituir a la mujer. El
conato del marido o la mujer para corromper a los hijos o prostituir
a los hijos.”
El artículo veinte de este documento legal estipulaba
que: “El marido debe proteger a la mujer y esta debe obedecerle.”
Se anula la figura femenina y se la sitúa en una posición
de dependencia y subordinación; esto se refuerza en el
artículo veintiuno, donde se manifiesta que: “El
marido es el representante de su mujer, la que no podrá
sin su licencia comparecer en juicio, ni enajenar sus bienes,
[sino que] corresponderá al marido la administración
de los bienes de la sociedad conyugal.”
Toda ley plasma un interés de realización de
determinados ideales, de un proyecto social y como puede apreciarse,
esta legislación, emitida por el gobierno revolucionario,
tendía a perpetuar el lugar subalterno a que había
sido relegada la mujer desde la instauración de la Colonia.
Desde este punto de vista, no hay ruptura, sino una posición
retrógrada. Por otra parte, esta legislación aparece
veinte y tantos años más tarde que la elaborada
por la Cámara de Representantes durante la Guerra de
los Diez Años, se supone que el tiempo, la práctica
política y la misma guerra hayan incidido en el modo
de proyectarse la ideología, sin embargo en vez de superar
los postulados de Guáimaro, la legislación de
matrimonio civil fue un tanto conservadora, podría decirse
si se quiere, que el diseño de políticas está
basado en el reforzamiento de determinadas concepciones que
tienden a continuar con la subordinación de la mujer
en todos los ámbitos sociales.
Pese a estar legislado el matrimonio en la manigua, su funcionamiento
se vio realmente limitado por las condiciones mismas de la guerra
y la constante movilidad que debía tener el Ejército
Libertador para poder sobrevivir. Por otra parte, en esa época
el matrimonio era un elemento determinante para la conformación
de familias y debía efectuarse bajo determinadas condiciones
económicas, y la guerra constituía una limitante.
Por ello, algunos expresan tener rechazo a la celebración
de matrimonios. Bernabé Boza manifiesta 17 de febrero
de 1896:
Marchamos a las 6am y pasamos a vista de San Antonio de los
Baños. En un sitio de dicho término una partida
de jóvenes de ambos sexos, cantaban, bailaban y se divertían
por todo lo alto. ¡Celebraban una boda! El General en
Jefe, que estaba hoy de un humor bendito, al ser obsequiado
por los novios con cereza y dulces, de cuyo obsequio participó
su estado mayor, les regaló unos doblones y les predicó
un sermón, parecido a la epístola de San Pablo.
Este guajiro, que se casa en momentos tan críticos para
la patria, debe ser una de estas tres cosas: o muy rico, o muy
ignorante o muy sinvergüenza.
Y Fermín Valdés comenta:
Es la cosa que más entristece visitar estos ranchos
de las familias en las que todo falta. Las mujeres y los niños
están anémicos y enfermos, hace meses que en la
mayor parte de los ranchos no se ha comido más que boniatos
y son pocas las familias que pueden comer carne. Venir pues
a la guerra a aumentar las miserias de las familias contrayendo
matrimonio o viviendo en concubinato con una de estas pobres
mujeres, es criminal.”
Al parecer, durante las guerras muchas parejas que vivían
consensualmente, decidieron contraer matrimonio legalmente,
incluso, después de haber tenido hijos, quizás
por el deseo de “legitimar” tales uniones. Virgilio
Ferrer se expresa en ese sentido, al escribir en su diario el
viernes 21 de febrero de 1896: “(...) Salí con
Ignacito y el Subprefecto Eloy García y estuvimos cuatro
días haciendo matrimonios, de los cuales el que menos
tenía era cuatro hijos. Hicimos como veinte; el primer
día fue el mejor pues hubo quien quiso celebrarlo y hubo
baile hasta el amanecer. Yo también bailé (...)”.
Es interesante observar cómo pueden cambiar las concepciones
de algunos mambises. En carta a su suegro del 24 de junio de
1892 Flor Crombet le manifiesta que celebrará el matrimonio
con Elena Castillo por los canales eclesiásticos sólo
por complacerla. En la carta se lee:“(...) En mi, puesto
que Vd., sabe mi modo de pensar respecto del matrimonio eclesiástico,
que si lo hago no es más que para complacer a Elena y
no para satisfacción de mi conciencia (...).” El
6 de febrero de 1893, Gómez se entera de la boda de Flor
a través de una carta en la que se lee:“(...) Flor
se casó en Costa Rica con una joven de quince abriles.
Al fin cayó...”
Los conflictos por cuestiones de faldas eran enmarcados en
el código del honor, al punto de provocar que dos hombres
se batieran a duelo por una mujer. Este es el caso de las disensiones
surgidas entre Flor Crombet y José Maceo. En junio del
año 1894, en Costa Rica, estos se iban a batir a duelo
por una guanacasteca; por esa fecha Martí llegó
a San José y enterado de tal conflicto se trasladó
a Puntarenas y los mandó llamar. Logró persuadir
a los duelistas, quienes después de hacer juramento ante
la bandera cubana abandonaron tal intención.
Es posible que en la manigua hayan existido algunas fuerzas
mambisas donde estuvieran conviviendo los hombres junto a sus
mujeres; estas eran conocidas como la guerrilla de los casados,
los cuales no contaban con la aprobación de muchos. El
19 de noviembre de 1897 Bernabé Boza escribe en su diario:
“Llega al campamento la guerrilla de los casados. A mí
se me parecen las operaciones realizadas por éstos a
los versos de los poetas ramplones. ¡Vaya una ocurrencia!«Esto
no es más que darle una forma legal al majaseo»
¡Sí señor!”
Las acciones que atentaran contra el orden, la moralidad, el
matrimonio, la familia, más específicamente los
delitos relativos a cuestiones sexuales eran severamente castigados,
aunque la única ley que he encontrado respecto de la
orientación y regulación de las relaciones genérico-sexuales
es la de matrimonio civil. Al parecer en la manigua no existían
leyes concretas sobre rapto, estupro y violaciones. Estas figuras
delictivas eran llevadas a consejo de guerra y las sentencias
se ejecutaban en la forma que los jefes y oficiales determinaran.
Existían varias formas de castigos, desde el cepo de
campaña, el trabajo forzado, hasta la horca, o la muerte
a machetazos o a tiros.
El 28 de diciembre de 1895 escribe Bernabé Boza en su
diario: “Se juzga, en consejo de guerra sumarísimo,
un soldado nuestro que violó una mujer. El consejo lo
condena a la horca.” Y al día siguiente como si
no fuera nada trascendente señala: “A las 6 am
y en los momentos en que se ejecutaba la sentencia del tribunal
militar, ahorcando al reo del delito de violación, se
presenta el enemigo y nos ataca, empeñándose el
más rudo combate que hemos tenido hasta la fecha.”
El 10 de febrero de 1896 Boza vuelve a referenciar en su diario:
“A las 6 am marchamos por nuestro rastro del día
anterior; en Jamaica, convicto y confeso del crimen de violación
e identificado por la víctima -que es una morena fea
y vieja- el miserable violador fue muerto de un tiro de revólver,
delante de toda la fuerza, por el coronel José Roque.”
Las guerras decimonónicas cubanas incidieron considerablemente
en la institución familiar y sus funciones básicas
se vieron seriamente afectadas. La manigua difería del
ámbito doméstico habitual; en un espacio tan promiscuo
y carente de privacidad, las actividades sexuales, reproductivas
y afectivas se trastocaron inevitablemente.
Al iniciarse la Guerra del 68, los que organizaron la contienda
no imaginaron que duraría diez largos años y diseñaron
estrategias para combatir al enemigo mediante partidas localizadas
en pequeños poblados, que permitían dentro de
los avatares de la guerra disfrutar de los beneficios de la
familia. Esto incidió en el funcionamiento de las guerras,
porque fomentó el regionalismo y dio al traste con la
guerra misma, fue muy difícil mover batallones de hombres
para invadir otros territorios. Pero teniendo en cuenta que
la guerra se prolongaba más de lo esperado y dado el
carácter de rehenes que los españoles atribuyeron
a los familiares de los mambises, algunos de ellos, en especial
los oficiales de alto rango y los de mayor solvencia económica,
enviaron al extranjero, fundamentalmente a los Estados Unidos,
a sus esposas, hijos y a los ancianos.
Esto es un elemento interesante, porque muchas de estas familias
ya habían perdido los capitales en el transcurso de la
guerra y las mujeres al llegar al exilio tuvieron que insertarse
en el mercado de trabajo asalariado para poder sostener a los
miembros de la familia y enviar algún dinero a los hombres
que aún continuaban en la manigua cubana. Tal situación
incidió en la estructura y tipología de muchas
familias, lo que dio origen en ocasiones a unidades matrifocales,
es decir, unidades domésticas en las que la cabeza de
familia es una mujer.
A pesar del papel regente que comienza a desempeñar
entonces la mujer dentro de la familia, es recurrente en la
correspondencia personal de los mambises que el pater-familia,
desde la distancia, trate de instruir a la esposa en la manera
en que debe conducir los asuntos familiares, en especial la
crianza de los hijos. Es decir, pese a las nuevas condiciones,
los hombres pretenden mantener a ultranza el poder que tradicionalmente
habían ostentado en la familia.
La mayoría de estas mujeres no volverán a estar
en la manigua. Una vez finalizada la Guerra de los Diez Años,
muchos hombres irán al exilio a reencontrarse con las
familias y luego, al estallar la Guerra del 95, estos regresarán
al campo insurrecto y las mujeres se quedarán en el extranjero.
Por otra parte, algunos no propiciarán el reencuentro
familiar y se quedarán en Cuba o viajarán hacia
otro destino con la nueva familia que han formado.
Las mujeres en la construcción de la historia de la
nación
Entre los diversos hechos y leyendas relacionadas con las guerras
independentistas cubanas del siglo XIX, algunas están
referidas a la actividad de determinadas figuras femeninas.
Pero es importante subrayar que mientras el mambisado como colectivo
es percibido con signo masculino, las mujeres aparecen en la
épica, pero colaterales. Y es que ningún proyecto
político por muy radical que se pretenda levanta paredes
irremediablemente aislantes entre el período precedente
y el posterior, y se debe tener en cuenta que los sujetos de
la revolución fueron formados con una determinada ideología,
y muchas de las concepciones y tipos de relaciones que existían
antes de las guerras acompañaron a los mambises a la
manigua.
En la historia construida y narrada por los diversos actores
sociales que acudieron a la manigua, las mujeres casi siempre
se despersonalizan y minimizan en los textos, y se las alude
mediante el uso de unidades léxicas sexistas. Las mujeres
casi siempre aparecen designadas como: las hijas de, mujeres
de, mulaticas, queridas. El papel desempeñado por la
mujer en la manigua generalmente es de orden secundario y su
imagen se esconde o difumina tras las figuras masculinas, concebidas
como los protagonistas del proyecto nacional en el que las mujeres
tendrán que seguir desempeñando los roles y papeles
tradicionales. Según Martí, la mujer: “Aborrece
aquella actividad de naturaleza varonil que quita fuerza en
vez de darla (...) porque ella de naturaleza rehuye todo lo
mortal y violento (...)” Basada en la supuesta debilidad
femenina a las mujeres no se las pensaba violentas sino frágiles
y dóciles.
Algunos se molestan con la presencia de las mujeres en los
campamentos. Bernabé Boza comenta de una mujer que está
con su esposo en la manigua: “Soy franco: admiro su belleza
femenina, pero no me gusta su valor masculino. Por otro lado:
en un campamento una mujer ve y oye, lo que ni ver ni escuchar
debe una señora.” O sea, se les reconoce su importancia
en la conformación de la nación y sin embargo,
se las relega a la periferia política. La mujer sólo
cumple una función decorativa y la valentía es
considerada análoga a la masculinidad.
En su diario de campaña de 1895, el teniente coronel
Filandro Salas Zamora comenta: “A poco rato pude darme
cuenta del desorden e indisciplina reinante, pues había
un grupo de mulaticas vestidas con trajes de voluntarios, algunas
con sables de oficiales, y que llamaban en el campamento “El
Regimiento de la Raja”. Decidí separarme y no continuar
en ese bolón.” Las mujeres a las que se hace alusión
en el fragmento no son combatientes; a estas se las nombra de
manera diferente. El texto sugiere que el grupo de mulaticas
desempeñan otras funciones, como por ejemplo: la diversión
y el desahogo sexual de los hombres del campamento. A estas
se las designa aludiendo a su sexo. Al parecer, al autor le
pareció el término un poco fuerte y a pie de página
se lee una nota de su puño y letra, que dice: “si
le parece cambie el nombre por amazonas”. Ahora bien,
la situación descrita sugiere que estas mujeres vestidas
de voluntarios están en calidad de satisfacer gustos
y fantasías sexuales en el campamento; vestidas con ropajes
masculinos y nada menos que con los trajes del enemigo, el cuadro
tiene significación lúdica y erótica, además
de tener una lectura ideológica, en tanto el acto sexual
era concebido como una relación de dominación
y fuerza donde el falo que penetra detenta el poder. Esto podría
sugerir un interés (simbólico) en dominar al enemigo
y denigrarlo a través de sus uniformes. Por otra parte,
la cuestión étnica y racial se entrelaza con el
erotismo grotesco. Podría objetarse a tal reflexión
que los mambises por la escasez de recursos se ponían
–al revés- los atuendos de los enemigos, sin embargo,
no me parece que este sea el caso.
La base de la evaluación de las mujeres en los diarios
y memorias de las guerras es fundamentalmente su conducta como
fieles esposas y buenas madres. Resulta recurrente la preocupación
que manifiestan los mambises respecto de la fidelidad, no sólo
de sus esposas, sino de las mujeres de la familia. Así,
Francisco Estrada y Céspedes el 3 de marzo de 1873, escribe:
“por muchísimos motivos me alegraría que
salieras de Jamaica, porque se habla de allí atrozmente,
de la manera más obscena y escandalosa. No se oye más
que “fulana está con éste, que la mujer
de sutano con el otro”. ¡Qué se yo! Es atroz
(...).” En el fragmento se observa una intención
prescriptiva hacia la esposa, mientras censura la conducta de
otras mujeres hay un mensaje implícito respecto a la
fidelidad de ella.
Si en mensajes anteriores los propósitos de orientación
y regulación se plasmaban mediante una estrategia discursiva
en la que la preocupación no se hacía de por sí
explícita, el 21 de abril de 1873, Francisco Estrada
le escribe a su esposa manifestándole: “Séme
fiel, amor mío, como hasta aquí lo has sido, que
nunca tengas que agachar la frente delante de nadie. (...)No
digo duda, pero no por la imaginación me ha pasado tal
cosa. La mujer que verdaderamente ama a su marido, no puede
hacerle traición. Ya que ha venido a tratar sobre este
particular, hablando de Elisa Figueredo, de Manzanillo me han
dicho que se casó con un hombre casado, con diez hijos
y hasta mulato.¡ Qué escándalo!”
Hay que subrayar que cuando a los guerreros, varones, se les
reprochaba la relación con amantes, no se aludía
en modo alguno al concepto de fidelidad hacia sus esposas; la
transgresión se entendía principalmente respecto
del orden, la disciplina y la capacidad combativa de las fuerzas.
La fidelidad de la esposa en cambio, constituía la garantía
del prestigio del hombre y por ello era objeto de atención
especial, que con frecuencia se manifestaba como estrategia
de “descorporeizar” a la mujer, de sacralizarla,
lo que se evidencia en algunos textos. Así le escribe
Fermín Valdés Domínguez a la esposa en
su diario: “(...) Te he respetado con todo el respeto
del amor más santo, por eso te tengo alma mía,
en mi alma, como la personificación de algo divino, como
la encarnación de un rayo hermoso de la verdad y de la
belleza divina. Como algo que se separa de este mundo de dolores,
en donde sólo he visto e mi lado, miserias y falsías,
y ha sido el amor de mujer, símbolo asqueroso de la traición”.
Y en otra parte del texto vuelve a escribir: “¡Ah!
Sí. Te tengo, eres mía, mía solamente.
Tu no puedes ni has podido nunca mentirme. Eres mía y
lo serás siempre y yo no sé pagar tu amor más
que con todo mi amor, con esta fe que me lleva a ti, con la
seguridad que tengo en mí mismo, y el orgullo con que
me siento querido por ti que eres tan buena, por ti que eres
un ángel(...) Tú no me has engañado ni
puedes engañarme(...)” En Valdés Domínguez
se aprecia una constante preocupación respecto de la
fidelidad de la esposa ausente, que al mismo tiempo es pensada
en términos sacros que eliminan supuestamente toda posibilidad
de traición.
El miércoles 25 de febrero de 1874 Carlos Manuel de
Céspedes escribía en su diario. “(...) Casi
todos me dicen q. Llevo una vida muy triste y poco en armonía
con nuestra situación escepcional, insegura é
indefinida (...) y q. Me hace falta “una mujer q. me cuide
y entretenga”.” [Sic] La mujer es pensada y aludida
para el cuidado y diversión del hombre; en el fragmento
está latente la función de objeto de uso sexual
de la mujer por parte del varón. Sin embargo el lunes
13 de octubre de 1873 apunta: “(...) Dicen que [ José
Antonio] Maceo y sus soldados han causado mucho perjuicio á
la causa en Guantánamo, porque hasta las mujeres les
quitaban aun las pantuflas que traían puestas(...)”
Contradictoriamente, Céspedes muestra disgusto con esto.
En el momento que redacta lo que se acaba de citar, Ana de
Quesada era su esposa, pero vivía fuera de Cuba. El matrimonio
se produjo en la manigua, más por las condiciones mismas
de guerra y teniendo en cuenta el carácter de rehenes
que tenían para el Ejército Español los
familiares de los mambises, algunos jefes -los de más
solvencia económica- mandaron a su familia al extranjero,
principalmente a los Estados Unidos. Y en efecto Céspedes
encontró a falta de su esposa ¿una? mujer que
lo cuidara en la manigua. El lunes 2 de febrero de 1874 escribe
en su diario: “Mi familia y amigos se portan digname con
la patria y conmigo. Mi Anita, aunque todavía no ha abandonado
pr. completo “sus celosas impertinencias”, se ha
colocado á la altura de sus deberes (...)” .
En el mismo día, se lee en su diario:
(...) No puedo menos q. traer hoy á C... fuertemente.
mi memoria. (...)Cuando pienso en q. tantas personas interesadas
en denigrar su conducta, ninguna me da de ella malos informes,
creo q. se comporta bien y no da lugar á ellos, a pesar
de sus cortos años y mas cortos alcances. Si es así,
Dios la premie y me perdonen a mí el haber corrompido
un corazon de q. pudo haber brotado una buena esposa y una buena
madre. En reparacion y sin embargo de q. la amo tanto, juro
q. en adelante la respetaré como á una hermana
y me esforzaré en labrar su dicha y la de sus inocentes
hijitos. Seré feliz, si puedo hacerlo. [Sic.]
Evidentemente, Céspedes mantuvo relaciones con una mujer
que no es Ana de Quesada, su esposa. En el texto se denota arrepentimiento
por haber entablado relaciones con esta mujer ya que según
él, con esa relación se ha frustrado una buena
madre y esposa. Al parecer, la mujer de que trata la cita anterior
es una guajira conocida como Cambula, quien le bordó
la bandera con que Carlos Manuel de Céspedes se levantó
en armas el 10 de octubre de 1868. En el momento del levantamiento,
había enviudado de su esposa y prima María del
Carmen de Céspedes y Céspedes . Otra mujer a la
que alude constantemente en su diario es Manuela Cansino, una
mujer que vivía en la zona de San Lorenzo, lugar en el
que matan a Céspedes.
Existía una doble moralidad en todos los niveles del
mambisado. En los diarios de campaña, son constantes
las alusiones y referencias a los jefes y oficiales que tienen
amantes en la manigua. O sea, en la manigua se están
reproduciendo actitudes y valores de la sociedad colonial.
Comprender las relaciones en la manigua se torna un tanto difícil.
Céspedes por un lado tiene a su esposa en el exilio y
mantiene las más cordiales relaciones con ella; pero
tiene vínculos con otras mujeres fuera del matrimonio.
Sin embargo, en su diario de campaña la crítica
a los mambises que tienen relaciones paralelas al matrimonio
es un leit motiv que recorre todo el texto. “Ya hicieron
caer á José Igno. [su asistente] en el error de
tomar hoy una querida. El mal ejemplo, la corrupción
de costumbres en ambos sexos se ha generalizado tanto q. va
á ser necesario tomar alguna medida pa. contenerla.”
[Sic]. Por otra parte, Céspedes anota en su diario el
sábado 17 de enero de 1874: “(..) Estuvieron de
tránsito Aguirre. Mayol, Curbelo y Lora. También
vinieron dos de los de Buecito, q. Parece q. Tienen aquí
sus quebraderos de cabeza(...) O sea, aquí la mujer viene
a quebrar y a desviar el camino del héroe por seducciones.
La promiscuidad causó problemas en los campamentos,
se desobedecían órdenes por cuestiones de faldas.
El miércoles 21 de enero de 1874 Céspedes apunta
en su diario:“(...)los asistentes estaban muy desordenados
con motivo de q. Casi todos se habian echado queridas. Esta
es una de las mayores plagas de la revolucion. Jesús
se quedó en casa de la suya, alegando q. Está
malo de una pierna(...) nos tiene disgustados con su manejo
q. Sirve de mal ejemplo; ps. ademas de haberse vuelto un Tenorio,
casi nada quiere hacer y todo lo desperdicia en prodigar obsequios
. [Sic]. También Fermín Valdés Domínguez
referencia el 26 de febrero de 1896 que:
“(...) Un sentimiento tengo, y es que el Dr. Veranes,
por majasear en casa de un amor ilícito, no haya acudido
al llamamiento que le hice, al llegar a Jarahueca. Hoy he recibido
sus instrumentos y un oficio en el que me dice que está
enfermo, que el reuma no lo deja hoy montar, pero como yo sé
que esto no es más que una disculpa de mambí suelto
le he oficiado de nuevo recordándole cuál es su
obligación (...)” [Sic]
Asimismo para mantener mujeres en el campo insurrecto muchos
mambises desviaban recursos de los campamentos y se sacrificaba
hasta la comida de la tropa. El viernes 2 de enero de 1873 Céspedes
manifiesta al respecto: “Es buena cosa q. nos veamos sin
nada q. llevar á la boca pr. q. él le mande racion
á una prostituta! Es preciso confesar q. raro es el hombre
q. no se inclina al abuso”. [Sic]. “Siento consignar
q. estoy muy disgustado con el manejo de J.I. causa de las queridas;
pues además de la critica y q. todos se abstendrán
de socorrernos pr. ese motivo, no tenemos q. comer y de lo poco
q. se consigue coje pa. mandarle á la manceba..”[Sic]
Las condiciones mismas de la guerra propiciaron esa promiscuidad.
Algunas mujeres para sobrevivir acudieron a oficiales que disponían
de recursos y estaban en situación privilegiada dentro
del mambisado. Carentes de otros medios y vías tuvieron
que explotar su cuerpo.
Tener varias mujeres en la manigua era algo cotidiano; dice
Fermín Valdés Domínguez en su diario de
Soldado el 8 de febrero de 1896 que: “José (Maceo)
anda en la guerra con sus mujeres, dos o tres mulaticas, dice
él que son sus sobrinas y que lo asisten de su herida.
No perdono esta falta que sólo disculpa su valor y, mejor
dicho, su temeridad para la pelea”. De las mujeres que
José Maceo tenía en la manigua, Agripina Barroso
Lazo, La Negra, era la “favorita entre las divas de su
corte (...)” con catorce años fue novia y amante
de José y en plena manigua estaba con él, aún
conociendo su compromiso legal con Elena González Núñez,
adquirido en Costa Rica. Dice Eduardo Rosell y Malpica el 19
de abril de 1896: “El general José está
aquí en grande, duerme fuera, y muchas bellezas vienen
a visitarlo.”
El 12 de diciembre de 1873 Máximo Gómez escribe
en su diario de campaña:
(...)se pasó la noche del 16 un tanto divertida; todo
con mucho orden y moralidad(...) Nadie más que nosotros
mismos que sobrellevamos la vida azarosa de una guerra, como
la que hace cinco años venimos sosteniendo, puede formarse
una idea de cómo se regeneran las costumbres de un pueblo,
por medio de una guerra que lo haga independiente. Cómo
se nota que cada individuo se respeta a sí mismo y el
orden de la moralidad que reina en el seno de las familias,
consolida el bienestar de las sociedades y en la reunión
de que hago mención todo se podrá estudiar. Sí,
porque debajo de unas palmeras, en medio de un bosque, un grupo
de hombres y mujeres se conducían como si fuera en un
salón de rigurosa etiqueta.
La regeneración de costumbres de que habla el Generalísimo
resulta bastante cuestionable, si tenemos en cuenta que él
mismo tuvo seis hijos fuera de su matrimonio con Bernarda Toro.
El historiador y profesor de la Universidad de La Habana Antonio
Álvarez Pitaluga en su tesis de maestría La familia
de Gómez: Un análisis histórico impostergable
referencia la existencia de 4 hijos naturales del Generalísimo;
pero sólo les pudo seguir el rastro a Lola Romero y a
Magdalena. A pesar de esto, Gómez se empeña en
una actividad moralizadora respecto de otros jefes; acerca de
esto comenta en 1897 en su diario:
Me siento triste en esta campaña de verano o primavera,
no por la situación que explico, pues yo sé que
en la guerra todo cambia, y los sucesos, ellos mismos, vienen
a salvarse unos a otros, mi tristeza consiste en el tormento
que me dan algunos Jefes inmorales y desordenados, como Quintín
Banderas, el mismo José María Rodríguez
que se ha metido en las lomas junto con mujeres. Hasta Enrique
Loynaz, dando con eso un mal ejemplo y no secundando mis esfuerzos.
Ilustrativa de tal situación es la agria controversia
que sostuvieron Quintín Banderas y Gómez. Este,
el 8 de junio de 1897, le escribe a Banderas ordenándole
que entregue su fuerza al coronel Juan Masó Parra, jefe
de la brigada de Trinidad, y después haga uso de la licencia
que por enfermo le expidió el Cuartel General. La fundamentación
para una orden tan drástica aparece de manera clara en
el siguiente fragmento:
Su comunicación fecha 28 del pasado encierra conceptos
ofensivos para la honradéz de los propósitos que
guian nuestra moralizadora y frases irrespetuosas y exponente
de un cinismo que nó puedo dejar sin la debida censura
quedando su conducta bajo el juicio de la ley que hemos jurado
respetar y que á todos obliga el cumplimiento de los
Santos principios de dignidad y patriotismo que nos imponen
deberes(...) Con incalificable arrojo medio que tiene á
su lado una concubina que pelea con Ud. y que está en
su Campamento esto basta para demostrar que no sabe respetar
ni los principios que defiende la Revolución, ni puede
Ud. se Jefe de los hombres dignos que están bajo su mando.
¿Este Cuartel General puede tolerar q. se dé ejemplo
tan grande de inmoralidad y falta de respeto? [Sic].
La respuesta de Quintín Banderas fue contundente:
(...) Se digna Ud. fijár la razón para el castigo
que me impone en los conceptos de mi comunicación, donde
le manifestaba la manera franca que sostenía á
mi lado a una muger(...) Al nacer esta Revolución mis
Jefes superiores inmediatos trajeron en sus fuerzas sus concubinas
al extremo que en la Invasión hasta los asistentes las
traian; y hoy no es solo el Jefe y Oficial que distrae elementos
al mando de nuestrás fuerzas en custodia y sirven á
sus mugeres. Todo esto goza de los conceptos de la publicidad,
es más de lo que pudiera llamarse, uso y costumbre de
la manera de ser de nuestro Ejército, siendo lo esencial
que hasta ahora no há llegado á mi conocimiento
las disposiciones superiores yá del Gobierno de la República
ya de ese Cuartel General que lo impidiera; por lo tanto General
si la causa cometida por mí solo alcansa las dimensiones
del delito de haber confesado francamente que sostenía
una mujer a mi lado, ¿cómo es posible creér
de justicia que se quiera hacer en mí solo penable la
falta de todos? . [Sic.]
No considero necesario seguir profundizando sobre este asunto
cuando otros ya lo han hecho de de forma exhaustiva. Tal es
el caso de Ada Ferrer quien tiene un texto dedicado exclusivamente
al análisis de las desavenencias entre el Consejo de
Gobierno y Quintín Bandera.
Veamos ahora lo que señala Fermín Valdés
Domínguez de Enrique Loynaz del Castillo:
(...). Me hace gracia cuando me quiere explicar la posibilidad
de sentir dos amores a la vez: dos o más... Tiene en
su Leocadia su amor ideal, su amor de General. Pero aquí
en Consuelo, guarda la conquista del guerrero. Llegó
con sus armas y dejó en los oídos de la doncella
las notas de su laúd y empezó el idilio... que
puede acabar en la Prefectura, pues sé yo que Loynaz
no es de los hombres capaces de infamia. Dios quiera pues, que
a pesar de la teorías amorosas de Loynaz- esto no mate
aquello y Consuelo borre a Leocadia del libro de sus amores.”
Es curioso que tanto en las palabras de Valdés Domínguez
como en las de Gómez se aprecia una actitud diferenciada
en relación con las faltas de distintos guerreros. En
ambos se aprecia una intención de atenuar la censura
a Loynaz del Castillo, mientras que para otros la crítica
es acerba. Los fragmentos citados no permiten sacar conclusión
sobre la causa de ese desequilibrio.
Al parecer, algunos mambises perdieron la vida en esos lances
amorosos. Dice Céspedes el domingo 16 de noviembre de
1873:“Como á las (...) Sobre su?Francisco Maceo
Osorio?9 ¼ de la mañana murió Maceo cadáver
ahulló Juan Spotorno q. habia muerto pr. ir á
ver á la querida q. tenia en Naranjo. Habrá vileza!
[Sic]. En consonancia con esto manifiesta Fermín Valdés
Domínguez el 2 de marzo de 1896:
No comprendo que se pueda venir a la guerra a vivir en los
ranchos con mujeres y abandonando el cumplimiento de sus deberes.
Ni lo comprendo, ni como Jefe le puedo ni lo debo consentir
(...) debilidad de que es responsable Serafín Sánchez.
Como este, hay muchos por todas partes, por desgracia para la
revolución. Muchos han muerto ya en los ranchos de sus
concubinas pero- ni por eso escarmientan los cabezones!
En los diarios y memorias de las guerras de independencia,
algunas mujeres trascienden y se valoran no por su desempeño
en las contiendas sino en la medida que hayan sido capaces en
tiempos tan convulsos de ser buenas madres y esposas. Mariana
Grajales no es una heroína, ella no disparó un
solo tiro, ni participó en una carga al machete, ella
es considerada en tanto es la madre de los Maceo, madre de héroes.
El 12 de diciembre de 1893, José Martí publica
en Patria un artículo titulado “Mariana Maceo”.
El título en sí ya es elocuente de la despersonalización
y metamorfosis de Mariana Grajales, a quien se le ha despojado
hasta del apellido para que trascienda únicamente como
la madre de los Maceo. En la última línea del
texto se lee: “(...) Patria en la corona que deja en la
tumba de Mariana Maceo, pone una palabra:-¡Madre!”
El 6 de enero de 1874, Martí volvió a escribir
en Patria un artículo sobre Mariana, esta vez titulado
“La Madre de los Maceo” y señala: “Así
queda en la historia, sonriendo al acabar la vida, rodeada de
los varones que pelearon por su país, criando a sus nietos
para que pelearan.”
El 5 de abril de 1894, publica un artículo titulado
“La mujer santa”. Al inicio del texto se lee: “Toda
la patria -dice un álbum de cubana- está en la
mujer: si ella falla morimos: si ella nos es leal, somos. La
abnegación de la mujer obliga al hombre a la virtud”.
El texto es revelador de elementos que me interesa señalar.
La imagen de la mujer es considerada como símbolo de
la nación, pero con una función marcadamente ideológica:
se le atribuyen al cuerpo nacional los conceptos de santidad,
abnegación. Las figuras privilegiadas en la imaginación
patriarcal nacionalista son la madre y la virgen. O sea, las
mujeres son el vehículo que glorifica al héroe
y se las alude en el proyecto nacional mediante abstracciones
y simbolismos. Apunta Martí: “(...) cómo
el mártir y el héroe tienen siempre la mujer al
lado; cómo nuestros campeones salieron a pelear con la
chamarreta que con los dedos finos del señorío
le cosieron sus compañeras: cómo al pie del marido,
en el campamento de la gloria, cayó la mujer contenta
y muerta”.
Fermín Valdés Domínguez señala:
“(...) Es tan triste como heroica la vida de estas honradas
mujeres, consagradas a su esposo y a sus hijos trabajando y
sufriendo orgullosas y alegres. Cuando un pueblo tiene mujeres
como estas, ese pueblo merece ser libre.” Si seguimos
esta idea, entonces la existencia de la nación estaría
dada por las virtudes que las mujeres posean. Es constante la
analogía que se establece entre la mujer y la patria-nación.
La nación es identificada con los atributos y roles desempeñados
por las mujeres en la sociedad.
O sea, las figuras privilegiadas en la imaginación patriarcal
nacionalista son la madre y la virgen o la de la madre-virgen.
Así, en la imaginación de la comunidad nacional
cubana, la iconografía de la Virgen de la Caridad del
Cobre, la Patrona de Cuba, cumple una función importante.
La virgen-santa representa un mundo espiritual muy ligado a
la construcción de la feminidad y al orden social existente.
La virginidad y la castidad conforman tópicos recurrentes
de la imagen mujer-nación. En la manigua, el culto a
la Virgen de la Caridad formaba parte de la cotidianidad de
los mambises. La imagen de la Virgen se entronizó en
la mentalidad de los mambises y adquirió carácter
de representación social en la conformación de
la nación. Aunque se reconocía la importancia
de las mujeres para la nación, en la práctica
se las marginó de la política.
Conclusiones
La lectura, o más bien la relectura -desde una perspectiva
de género- de las fuentes tradicionales y la historia
de las guerras de independencia decimonónicas cubanas,
descubren una imagen del héroe de la nación que
ha sido construida con una concepción esencialmente masculina,
blanca y heterosexista.
Se nos agolpan disímiles fetiches, voces, símbolos,
mitos y leyendas de la guerra y de los sujetos que la protagonizaron,
destinados a conformar un imaginario colectivo que los legitima
y los hace duraderos en el tiempo. De tal forma fue estructurada
y dibujada una imagen, del mambí que responde a ciertos
parámetros de estética y moral dentro de los cánones
patriarcales.
Los transgresores de esos patrones estéticos y morales
-que introdujeran elementos discordantes en el grupo- adquirían
categoría de “raros”. La rareza se identificaba,
generalmente, con la asunción de roles y atributos considerados
como femeninos. Ser “raro” en la manigua insurrecta
implicaba ser criticado, censurado y conducido generalmente
al ostracismo social; implicaba no trascender en la Historia.
Mientras el mambisado como colectivo es percibido con signo
masculino, las mujeres aparecen en la épica de manera
colateral. El papel desempeñado por la mujer en la manigua
generalmente es de orden secundario y su imagen se esconde o
difumina tras las figuras masculinas, concebidas como protagonistas
del proyecto nacional en el que las mujeres tendrán que
seguir desempeñando los roles y papeles tradicionales.
Aunque las guerras condujeron a las mujeres al desempeño
de diversas funciones que ampliaban la esfera de actividades
tradicionales para ellas y las llevaron, en muchos casos, a
ocupar un nuevo lugar dentro de la familia, esto se apreciaba
fundamentalmente como una situación transitoria que no
modificaba esencialmente la visión acerca de su condición
subalterna. Por eso, una vez terminadas las guerras, se las
trató de devolver al ámbito doméstico.
No obstante, la presencia de las mujeres en las contiendas influyó
en la conformación de una conciencia de género
que más tarde, a principios del siglo XX, se expresaría
en la creación de un incipiente movimiento feminista.
En Cuba, como en América Latina, la ciudadanía
no se estableció mediante un proceso en el que las formas
coloniales de ciudadanía transitaron hacia formas de
representación políticas modernas, sino que fue
implantada desde arriba por las élites políticas,
influidas estas por las formas de representación esbozadas
por la Revolución Francesa. Ni la constitución
de la guerra del 68 ni las del 95, ni siquiera la de la república
en 1902, reflejaron esos cambios. Esta estructura estatal, ideal
de libertad y democracia para muchos, excluyó a las mujeres
y las mantuvo en el mismo status de la era colonial española.
La Constitución no las consideraba ciudadanas, es decir,
las eximió de todo derecho de elegir y de ser elegidas.
Pero no sólo se le negaron los derechos políticos,
sino también los civiles; la mujer no podía configurar
en el consejo de familia, no podía ser testigo de documentos
notariales. El artículo 437 del Código Penal vigente
en el período colonial y que permaneció después
de la instauración de la República en 1902, permitía
al marido dar muerte a la esposa y a su amante si los encontraba
en una situación comprometedora; al matador solo se le
penaba, en última instancia, con el exilio.
En la emigración, las mujeres cubanas habían tenido
una experiencia política, en gran medida mediante los
110 clubes femeninos, pero estos eran supervisados en su mayoría
por hombres. Si bien en las filas mambisas continuaba predominando
una concepción patriarcal acerca del papel social de
las mujeres, es indudable que en la manigua y la emigración
ellas dejaron de ser lo que eran antes.