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Sus padres, abuelos, y quien sabe más,
hicieron lo mismo. No es cosa de una generación. Con el
cese de la última molienda expiró una ancestral
cadena de predecesores, consagrados a los mismos oficios: operarios,
mecánicos, auxiliares.
Oro seco, viejo toque de tambor Yoruba, acompañado
de canto, es la evocación del tiempo provechoso que quedó
atrás, que se va rezagando en la vida; la gloria que pierde
su fulgor en la memoria. A la par de su significación intrínseca
y simbólica, el ritmo evoca al Central por los evidentes
lazos consustanciales a la esclavitud. La memoria es antigua,
perpetuando con nostalgia el pasado venturoso.
Cabe recordar un precedente audiovisual: “De-moler”,
del joven documentalista Alejandro Ramírez: El Batey, el
Ingenio, la Guardarraya, estructuras clásicas de la planificación
física en los campos cubanos, de sus particularidades socio-administrativas,
son desmanteladas frente a la mirada de sus antiguos beneficiarios.
Como en el caso del realizador cinematográfico, Ricardo
G. Elías se procura un estudiado ángulo del dramático
momento en que las cosas deben cambiar, como resultado de imponderables
económicos.
Ahora será otro el camino. Las tierras
se dedicarán a otros cultivos, y los viejos hierros del
Central Primero de Mayo irán a parar a la forja como materia
prima.