Hace tiempo quería escribir algunas
consideraciones sobre ciertos asuntos relacionados con los orígenes
de la narrativa cubana, y el vínculo con su entorno histórico
social. A partir del encuentro con un importante libro (Noveletas
Cubanas, Editorial Arte y Literatura), compilación de siete
piezas realizada en 1974 por Imeldo Álvarez; y de mi “descubrimiento”
de lo que evidentemente constituye un error de información,
pero que al leer el artículo publicado por Ambrosio Fornet
en la revista Cauce en 2005 (Año 8. No 2. pp. 5-10), confirmé
la sospecha de que ese error, más que un pequeño
o circunstancial accidente, parece constituirse en elemento sobre
el cual podría haberse estructurado todo un andamio conceptual
que dañe la comprensión más acertada del
problema.
¿Qué estoy diciendo? Pues eso;
que a partir del conocimiento histórico de la época,
y solo en dependencia de él, podremos comprender con mayor
exactitud su alcance en el reflejo literario.
Esos decenios fueron fundacionales, tanto en
la narrativa como en algunas otras cosas relativas al pensamiento
y las ideologías. Sospecho, y me atrevo a asegurar, que
el primer período del XIX cubano no ha sido suficientemente
estudiado ni entendido en la magnitud necesaria desde los ángulos
histórico y social. Hay lagunas y lagunatos, viajes epidérmicos
y ausencia de buceos al respecto, tanto en las historias regionales
como en la historia nacional. Sospecho también que no se
le ha dado la importancia que merece, en tanto fragua convulsa
y complejísima de lo que luego sería la cubanidad.
Y de eso se trata, que no otra cosa es nuestra narrativa en los
orígenes sino balbuceos de cubanidad, intentos de aprehensión
del etnos, asombro romántico y descubrimiento, tanteo y
suspiro, lucha y reafirmación.
Pero, ¿hasta dónde reflejan la
“realidad real” los primeros narradores cubanos?;
en verdad, ¿hasta dónde? Y aquí es donde
vuelvo a sospechar, y puedo para eso basarme en más de
una obra. El Guajiro de Villaverde, digamos, en que personajes
protagónicos como El Tatao, o secundarios como los Porlier
o los Socarrás son probadamente reales. Claro, nadie está
negando aquí la fabulación de los autores, que además,
ya se sabe, son románticos empedernidos a los que hay que
mirar, y en los que hay que comprender, todo aquello de lo exótico
y otras etcéteras; pero lo que considero que valdría
la pena repensar es hasta dónde podemos hablar de ficción
creadora de una realidad literaria y de reflejo literario y romántico
de una realidad tangible dentro de los textos.
Pero vamos a dejar quieto a Villaverde y a centrarnos
en Pedro José Morillas (1803-1881) mucho menos estudiado,
y en su relato El Rancheador; escrito en 1839 (pleno auge del
grupo delmontino) y publicado 17 años después (1856)
en La Piragua, revista dirigida por Luaces y Fornaris.
Para Imeldo Álvarez, con el relato El
Rancheador Pedro José Morillas rompe con el maniqueísmo
romántico contenido en las novelas del grupo delmontino,
al introducir “…la crueldad y la violencia de la lucha
de clases en la literatura cubana”. Para Imeldo, El Rancheador,
“es un relato épico, concebido de modo que su propia
estructura sirviera para ilustrar la trágica condición
de una isla en la que coexistían… el esplendor del
mundo físico y los horrores del mundo moral”. Dice
que el relato, hábilmente construido, pasa de describir
un escenario natural “…al relato de una espantosa
matanza de inocentes y al anuncio de la ejecución de una
venganza implacable”. Nada nuevo “…dentro del
variado menú de vivencias y truculencias que exigía
el gusto romántico”.
Recuerda Ambrosio Fornet que también él
había afirmado alguna vez que “con este relato la
crueldad y la violencia habían hecho irrupción en
nuestra narrativa”; y añade ahora que “con
él irrumpió también la solitaria figura del
héroe, concretamente del héroe trágico…”.
Para Ambrosio Fornet, Morillas no es un ideólogo
del abolicionismo, y ofrece en su relato “anticipos”
del concepto sobre el cual —según Sarmiento—;
tendrían que construirse en América las literaturas
nacionales: Civilización vs Barbarie. Eso, naturalmente,
es bien importante.
Y entonces desemboca en el peligroso error de
que hablamos al principio, al afirmar: “Valentín
Páez, el rancheador de Morillas, es una mezcla de ambos
(de los tipos de rancheadores que existían según
el propio autor, el independiente y el comisionado por el gobierno)
pero con la particularidad de que rechaza toda recompensa monetaria
porque tiene una profunda motivación personal: quiere vengar
un crimen monstruoso cometido contra su familia por una gavilla
de cimarrones”. Y lo tipifica como “…el Vengador
justiciero, héroe romántico de la estirpe de Edmundo
Dantés, aunque menos amable”.
Para rematar el error conceptual (en el que cae
precisamente por desconocimiento del hecho histórico concreto),
afirma que “Tropelías tan espantosas como las que
cuenta Páez no parecen haber sido frecuentes, pero Morillas
“necesitaba ese recurso para darle dimensión de profundidad
a su personaje” y fuerza dramática a la alegoría
del “odioso destino” de la Cuba esclavista.
Por su parte Imeldo Álvarez, en la edición
de Noveletas Cubanas, de 1974, afirma en nota al pie (pp 34) refiriéndose
a Valentín Páez (el personaje protagónico
del relato de Morillas): “El personaje está inspirado
en los famosos rancheadores que se destacaron en sus correrías
por el extremo occidental de la Isla: José Pérez
Sánchez, Pedro Torres, Ramón Machín, Juan
Antonio Lantigua, Antonio Porlier, Francisco Estévez y
Domingo Carmona”.
¿Y qué dirían Imeldo Álvarez
y Ambrosio Fornet si supieran que Valentín Páez
no es un personaje de ficción, ni una sumatoria creada
artísticamente sobre la base de otros personajes reales,
qué dirían si supieran que Valentín Páez
no es ni siquiera un rancheador típico, y que la historia
que cuenta Morillas no es un producto neto de la creación
literaria ni de la fiebre romántica? ¿Qué
si las truculencias y el dramatismo de la historia no fueran solo
una necesidad del gusto romántico, sino el reflejo de un
referente real, de una historia bien vivida y bien sufrida?
Porque Valentín Páez sí
es un personaje real, y su historia, (esa de la cual Morillas
refleja una parte) también lo es.
A mí llegó la historia hace muchos
años por la vía de la tradición familiar.
Me la contaba mi abuela como sucedida a uno de sus antepasados
(aunque en eso se equivocaba, porque su antepasado era otro individuo,
contemporáneo de Valentín Páez, que durante
muchísimos años estuvo comisionado por el Teniente
Gobernador de la Nueva Filipina para perseguir “cimarrones
y malhechores”, y cuyo nombre era Juan Ignacio Rivera).
Luego hallé la historia en la tradición oral, y
luego tuve en mis manos los papeles del gobierno y los diarios
(aún inéditos por cierto) que por supuesto fiché
íntegramente, así como la testamentaria de Valentín
Páez y otros documentos relativos al personaje.
Por eso al leer el relato, —y conocer algo
de la historia real—, me preguntaba: ¿hasta dónde
elaboración romántica? ¿hasta dónde
reflejo de la realidad? Creo que —acto creativo de por medio—,
puede ser mucho mayor de lo que se piensa el nivel de incidencia
de la realidad en la narrativa romántica cubana de esta
época.
¿Por qué casi todas las acciones
que se desarrollan en esas obras tienen como escenario las zonas
occidental de La Habana y oriental de Pinar del Río? Esa
es una pregunta que sería bueno responder, y daría
mucha luz sobre el asunto.
Pero antes de ofrecer más datos quiero
comentar algo que he podido comprobar y de lo que me he dado cuenta
no se ha entendido en su verdadera dimensión.
Pensar que “Tropelías como las que
cuenta Páez no parecen haber sido frecuentes…”
es desconocer la realidad. O ¿De qué época
estamos hablando? ¿Qué imagen tenemos en la cabeza?
Porque en realidad esas primeras décadas del XIX cubano
tienen un signo distintivo: el horror. Y este elemento está
signado por una condición especial: la violencia. Y la
violencia genera violencia (blanca y negra). Ni los blancos eran
angelitos piadosos ni los negros querubines enternecidos. Mientras
los blancos pudieron, arrancaron a los negros del África
y los sometieron a una esclavitud que hoy nos cuesta trabajo imaginar,
acercarnos al grado de sufrimiento, profundísima injusticia,
depravación humanas y dolor que significó (tendríamos
que sufrirla 24 horas para saberlo bien). Y cuando los negros
pudieron descargaron toda su ira concentrada y no quedó
blanco para hacer el cuento (recordar Haití). Ese es el
asunto: violencia ilimitada, desenfrenada, ubicua y todopoderosa.
Dependía al final de en manos de quién estuviera
el mango de la sartén. No era un tiempo de suspiro enamorado,
era un tiempo de grito. Y quede claro que no hablo aquí
de las motivaciones de cada clase para ejercer esa violencia,
sino del efecto bárbaro que resulta de la mecánica
social esclavista. Lo demás es engañarse, edulcorar
la realidad, como regar con almíbares perfumados un campo
de abrojos. Que esos esclavos huidos tuvieran suficientes razones
para convertirse en demonios, es una cosa, que los blancos esclavistas
fueran demonios permanentes, es otra; aunque al final creo que
nunca hay suficientes razones para asesinar niños, ni blancos,
ni pardos, ni morenos.
Pero de que la violencia en la época no
era sólo un pretexto literario para imaginar truculencias
con que satisfacer el gusto romántico, sobran ejemplos.
Ahí está, si no, el asalto a la hacienda Luis Lazo
por los Indios Feroces de la Vueltabajo en 1802, en que, asociados
a un grupo de negros cimarrones, mataron a una mujer con sus siete
hijos “…contando el que le sacaron del vientre.”
Hay constancias documentales de la época, en que se recogen
cimarronas que ahogaron a sus hijos pequeños para no ser
descubiertas por sus llantos; u otras que abandonaron sus criaturas
a los perros de los rancheadores para poder escapar en la persecución,
(como la infeliz criatura que recogió el rancheador Francisco
Estévez antes de que sus perros la devoraran, y luego pide
al gobierno quedarse con ella, porque él tenía una
esclava fugitiva que dice estaba embarazada).
Pero esos son solo ejemplos. Lo que sí
debe estar claro es que las tropelías y los actos de barbarie
sí eran frecuentes (¿Cuánta barbarie sufrieron
los miles y miles de niños esclavos en esas primeras décadas?)
Estos hechos sí eran reales, y no una “invención”,
ni un “recurso necesario” para darle fuerza o dimensión
dramática a un personaje literario y satisfacer así
el gusto romántico. ¿Hasta dónde es “alegoría”
la violencia y hasta dónde realidad en la narrativa cubana
de esa época? Yo creo que, lejos de “inventar”
truculencias violentas, en el reflejo de la violencia los escritores
románticos de los inicios de nuestra narrativa se quedaron,
en verdad, bastante cortos.
El caso de Valentín Páez es ciertamente
un caso singular, y son curiosas algunas coincidencias entre el
relato de Morillas y la tradición que me ha llegado por
la vía familiar. Estas coinciden, por ejemplo, en las motivaciones
que tuvo este hombre para hacerse rancheador, y en este caso ambas
coinciden con la realidad histórica: la venganza. También
coinciden en que hacía su trabajo de gratis, lo que es
muy posible que en la realidad hiciera Valentín Páez
en su primera campaña contra los cimarrones, pero no en
las posteriores, en que sí cobraba las comisiones del gobierno.
También coinciden la noveleta, la tradición, mi
abuela y los papeles oficiales del gobierno en que fue Valentín
Páez el que destruyó el palenque donde se abrigaban
los cimarrones que dieron muerte a su hermano y a sus hijos pequeños,
y que la documentación recoge como el “Gran Palenque
de la Vueltabajo”. Solo difieren en que mi abuela y el resto
de la tradición oral ubican este palenque en el Pan de
Guajaibón, y los documentos en un parage denominado Las
Lladas.
Creo que no estarían de más algunos
datos sobre Valentín Páez. Este hombre era natural
de El Guatao, hijo de don Juan Páez y doña Rosario
Boligán. Se casó con doña Manuela Núñez
Fleitas en la Iglesia de San Francisco de Asís, en El Guayabal,
(esta era una Iglesia Auxiliar) en 6 de julio de 1798. Valentín
Páez nació alrededor de los años 1775-1780,
y murió en 1839, de “…muerte violenta”.
Tenía al morir “…como sesenta años…”,
y su partida de defunción se encuentra en el Libro 3 de
entierros de españoles, folio 134, No 1106 de la Parroquia
de San Rosendo, en la ciudad de Pinar del Río
Es posible que después de vivir y casarse
en El Guayabal, pasara a vivir a Guanajay para 1801, porque allí
aparece en ese año el bautizo de su hijo Francisco José.
Vive en el Partido de Los Palacios en 1810, porque allí
fue asaltada y quemada su casa, en la hacienda Arroyo del Toro,
el 8 de febrero de ese año, suceso en que murieron tres
de sus hijos y su hermano don N. Páez, porque su esposa
pudo escapar refugiándose en el monte con otros dos niños.
Se traslada a Consolación del Sur, donde aparecen bautizados
sus hijos Valentín José (1811), Feliciano de Consolación
(1812) y María Tomasa (1813). Luego va a residir a Pinar
del Río, donde tiene al morir una vega de dos caballerías
de tierra en Las Ovas, y otra llamada “El Mamey”,
en Ajiconal, así como varios esclavos.
Aunque no hemos podido encontrar aún —y
solo aún—, el expediente relativo a la actividad
de ranchería de Valentín Páez en el período
de 1810-1814, sí sabemos que está realizando esa
labor desde el mismo mes de febrero de 1810, o sea inmediatamente
después de que su casa fuera asaltada y sus hijos asesinados,
esto lo prueba un documento enviado por el Teniente Gobernador
de Nueva Filipina (Pinar del Río) al Capitán General
Marqués de Someruelos, donde le informa que tiene “…varias
partidas sobre la sierra…” y saber por referencias,
que he encontrado en otros diarios de rancheadores de 1819, que
fue Valentín Páez quien destruyó el Gran
Palenque, localizado y destruido en el mes de marzo de ese año
de 1810. Tenemos, además, sus diarios e informes del período
1815-1819, y sospechamos que en 1839, ya anciano, todavía
pudo estar dedicado a esta labor, debido a su “muerte violenta”,
pero eso es algo que no hemos podido confirmar.